Onésimo Redondo. Tierra, patria y continuidad. Donde todavía late España.

Por Juan Sergio Redondo Pacheco 

Onésimo Redondo (1931)

“Somos partidarios de transformar a los obreros agrícolas en cultivadores propietarios”. Con esa afirmación, escrita en 1931 en uno de sus artículos sobre la reforma agraria, Onésimo Redondo resumía una de las ideas que vertebraron toda su trayectoria política. No hablaba únicamente de economía. Hablaba de justicia social, de arraigo y de continuidad histórica. Comprendía que la tierra no podía reducirse a un simple factor de producción, del mismo modo que España no podía entenderse únicamente como un espacio administrativo. Ambas eran el fruto de una herencia recibida y de una responsabilidad hacia las generaciones futuras.

Onésimo murió en combate en la localidad segoviana de Labajos un 24 de julio de 1936. Noventa años después, su figura continúa despertando controversias y seguirá siendo objeto de interpretaciones enfrentadas. Es lógico. Así ocurre con muchos protagonistas de nuestra historia contemporánea. Sin embargo, el paso del tiempo también permite distinguir entre las circunstancias de una época y aquellas intuiciones que conservan vigencia. Entre ellas sobresale una que hoy adquiere un significado extraordinario. Su convicción de que el campo constituía el lugar donde mejor se preservaban el carácter, la libertad y la continuidad de España.

Formamos parte de una generación obsesionada con la velocidad, la tecnología y la inmediatez. Se nos promete un mundo sin fronteras, sin raíces y sin diferencias, donde todo resulta intercambiable y donde el único criterio parece ser la eficiencia económica. Mientras tanto, el campo español se vacía lentamente, los pueblos envejecen, las explotaciones familiares desaparecen y los montes quedan abandonados. Cada verano contemplamos cómo el fuego devora miles de hectáreas y repetimos las mismas explicaciones. El calor, el viento o la sequía ocupan todos los titulares. Pero la verdadera tragedia comenzó mucho antes. El monte empezó a arder el día en que dejó de tener quien lo cuidara.

Pueblo abandonado y destruido por un incendio forestal

Onésimo Redondo conocía aquella realidad desde niño. Procedía de una familia de pequeños propietarios agrícolas y sabía que el campo no era únicamente una fuente de riqueza. Era una forma de vida. Por eso defendía que “la tierra ni ningún otro orden de propiedades deben poseerse estáticamente… mientras existan masas de familias que padecen hambre”. No proponía conservar el campo como una reliquia, sino hacerlo productivo, justo y capaz de ofrecer un futuro digno a quienes vivían de él.

Su pensamiento enlazaba con una tradición intelectual mucho más antigua. Ramiro de Maeztu defendía que las patrias y las naciones se cimentan sobre el espíritu, la cultura compartida y la lealtad a los valores históricos heredados, de modo que su pervivencia depende de mantener viva esa continuidad espiritual más que de meros artificios políticos o abstractos. José Antonio Primo de Rivera por su parte describía una España “ancha, triste, seca” que necesitaba una profunda transformación agraria para redimir a los pequeños labradores y hacer posible la prosperidad nacional.

Aunque desde perspectivas distintas, ambos, coincidían en una misma intuición. España no nació en los consejos de administración ni en los mercados financieros. Nació en los pueblos, en las aldeas, en las dehesas, en las huertas, en los caminos y en los campos de labor. Allí se transmitieron la lengua, las costumbres, la fe, el sentido del deber y el amor a una tierra concreta. Allí se forjó una comunidad histórica antes de que existieran los modernos Estados.

Hoy asistimos precisamente al proceso contrario. La globalización no ha significado únicamente una apertura de los mercados. Ha supuesto también un gigantesco proceso de desarraigo. Bajo la promesa de una prosperidad universal, ha favorecido la concentración de la riqueza, la deslocalización de la producción y la sustitución de comunidades históricas por individuos cada vez más desligados de su tierra, de su cultura y de su historia. El arraigo se presenta como una rémora, las fronteras como un obstáculo y las identidades nacionales como un vestigio incómodo del pasado. El territorio deja de entenderse como patria para convertirse en un simple activo económico y el ciudadano acaba reducido a consumidor dentro de un mercado global indiferente a la historia de los pueblos. Ese proceso no fortalece a las naciones. Las vuelve más frágiles, más uniformes y mucho más fáciles de moldear.

Cortijo malagueño abandonado

No es casual que el mundo rural haya sido uno de los grandes damnificados por ese modelo. El hombre arraigado constituye el principal obstáculo para quien pretende construir una sociedad sin memoria. Quien conoce la historia de su pueblo, trabaja la tierra heredada de sus padres y aspira a entregarla a sus hijos mantiene un vínculo con su nación que ningún mercado puede sustituir. Allí donde permanece vivo ese arraigo, España sigue reconociéndose a sí misma.

Un país puede soportar una crisis económica. Puede superar una crisis política. Incluso puede rehacerse tras una guerra. A lo que difícilmente sobrevive es a la pérdida de su memoria. El abandono de una explotación, el cierre definitivo de un cortijo o el silencio de las calles de un pueblo sin niños anuncian mucho más que un cambio económico. Anuncian que una parte de España comienza a desaparecer lentamente.

Hace décadas, un artículo publicado en Arriba definía la vida de Onésimo Redondo con una imagen que sigue resultando elocuente. “Dios, España, la Falange y el Campo son los cuatro puntos cardinales de su geografía política”. Más allá del contexto en que fue escrita, esa frase revela hasta qué punto entendía el mundo rural como uno de los pilares de la nación.

Pueblo de colonización agraria en Jaén

Quizá ahí resida la mayor actualidad de su legado. No en las respuestas que dio a los problemas de su tiempo, sino en la pregunta que sigue formulándonos noventa años después.

¿Qué será de España el día en que deje de haber españoles arraigados a su tierra? Mientras exista un agricultor dispuesto a levantarse antes del amanecer para trabajar una tierra recibida de sus mayores con la esperanza de entregarla algún día a sus hijos, seguirá existiendo algo que ninguna estadística podrá medir. Seguirá latiendo, silenciosa pero invencible, el alma de España.

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