Por Arnaldo D. Torroja

Europa vive una paradoja histórica: nunca había proclamado con tanta convicción la universalidad de sus valores, y nunca había mostrado tantos síntomas de fatiga cultural, fragmentación social y pérdida de sentido político. En ese contexto, no sorprende que ideas consideradas hasta hace poco marginales —como el euroasianismo o el modelo iliberal— empiecen a atraer atención intelectual. No como exotismo ruso, sino como respuesta coherente a una crisis real del liberalismo.
La figura de Aleksandr Dugin suele ser caricaturizada como la de un ideólogo extremo, cuando en realidad su atractivo reside en algo más profundo: nombrar lo que el liberalismo ya no puede explicar. El mundo no se comporta como un espacio homogéneo de individuos racionales maximizadores de bienestar. Se organiza, cada vez más, en torno a identidades colectivas, tradiciones, memorias históricas y voluntades de poder. El euroasianismo no inventa esta realidad; la reconoce y la teoriza.
Paradójicamente, uno de los autores que mejor anticipó este punto fue Francis Fukuyama. Su célebre tesis del “fin de la historia” no proclamaba tanto una victoria moral definitiva del liberalismo como la ausencia de alternativas ideológicas coherentes tras la Guerra Fría. Tres décadas después, el problema ya no es la falta de alternativas, sino la incapacidad del liberalismo para sostener su promesa antropológica: producir individuos satisfechos, libres y políticamente estables. Fukuyama mismo ha reconocido que la búsqueda de reconocimiento (thymos) —no el bienestar material— es el motor central de la política contemporánea. Precisamente ahí es donde el modelo iliberal ofrece una respuesta más directa: pertenencia, jerarquía, identidad y sentido.
Desde otra tradición, Carl Schmitt proporciona la clave decisiva que el liberalismo rehúye: la política no puede eliminar el conflicto, solo desplazarlo. El intento liberal de neutralizar lo político mediante procedimientos, normas y tecnocracia ha vaciado a las democracias de decisión real. El resultado no ha sido paz, sino impotencia. El pensamiento iliberal —y Dugin en particular— recupera la intuición schmittiana de que toda comunidad política se define por decisiones fundamentales, por un “nosotros” que no puede disolverse en neutralidad moral permanente. La soberanía, entendida como capacidad de decidir en situaciones excepcionales, vuelve a ser central en un mundo de crisis continuas.
A esto se suma una lectura estratégica inspirada en Antonio Gramsci, quizá el autor más inesperado en esta constelación. La llamada “revolución conservadora” no avanza principalmente por coerción, sino por hegemonía cultural. El liberalismo gobernó durante décadas no solo por instituciones, sino porque logró que su visión del mundo pareciera natural, inevitable y moralmente superior. Hoy esa hegemonía se resquebraja. El euroasianismo comprende —con una lucidez gramsciana— que la batalla decisiva no es electoral, sino metapolítica: valores, lenguaje, símbolos, sentido común. En ese terreno, el discurso de la multipolaridad y de las civilizaciones ofrece un marco alternativo creíble para millones de personas que ya no se reconocen en el relato liberal-progresista.
El atractivo del modelo iliberal no reside en la negación burda de la democracia, sino en su redefinición. Elecciones sin ingeniería cultural, soberanía sin tutela supranacional, derechos enraizados en tradiciones históricas y no en abstracciones universalistas. Para sus defensores, no se trata de menos democracia, sino de otra democracia, menos procedural y más sustantiva; menos individualista y más comunitaria.
Europa, atrapada entre una burocracia postpolítica y una ciudadanía crecientemente desconectada, haría mal en despachar estas ideas como simple propaganda rusa. La influencia del euroasianismo no crece porque Moscú la exporte con éxito, sino porque el liberalismo europeo ha dejado vacíos que otros discursos están ocupando. Cuando la promesa de progreso se transforma en gestión permanente de crisis, la demanda de orden, identidad y decisión reaparece con fuerza.
La pregunta incómoda no es si Dugin tiene razón en todo —probablemente no—, sino si el liberalismo aún puede responder a los desafíos que él señala sin recurrir a sus viejos automatismos morales. Tal vez el verdadero signo de esta época no sea el avance del autoritarismo, sino el fin del monopolio liberal sobre lo políticamente pensable.
Y cuando lo impensable vuelve a pensarse, la historia —lejos de haber terminado— reabre todas sus bifurcaciones.