Opinión | Granada, 1492: decisión, soberanía y construcción de un “nosotros”

Por Juan Sergio Redondo Pacheco

La Toma de Granada en 1492 no puede reducirse al último movimiento de una campaña militar prolongada. Fue, sobre todo, un acto de clausura histórica y de apertura política. En ese gesto final de los Reyes Católicos se concentró una decisión que, más allá del campo de batalla, redefinió la forma de entender la unidad, la soberanía y la identidad de España. Leída desde la teoría política del siglo XX —en particular desde la obra de Carl Schmitt— Granada aparece como algo más que un episodio del pasado: se convierte en un momento fundacional del orden político moderno.

Schmitt insistió en que lo político no se define por normas indefinidas o difusas, sino por decisiones existenciales. La soberanía se manifiesta cuando alguien decide en una situación límite. En ese sentido, la culminación de la Reconquista en Granada representa una decisión soberana en estado puro: la afirmación de una unidad política concreta frente a una alteridad percibida como incompatible. No se trataba solo de conquistar un territorio, sino de cerrar definitivamente la ambigüedad sobre quiénes formaban parte del cuerpo político.

Desde esta perspectiva, la unión entre corona y fe no fue un residuo medieval, sino el cemento que permitió articular un “nosotros” político coherente. La política y la religión, lejos de caminar separadas, operaron como dimensiones complementarias de una misma decisión constituyente. Para Schmitt, ahí radica la fuerza del acontecimiento: la creación de una unidad indivisible que hace posible el Estado como instancia soberana.

Ahora bien, esta lectura está lejos de una exaltación romántica de la Reconquista. El propio Schmitt desconfiaba de los mitos edulcorados y de las narraciones heroicas desprovistas de conflicto real. Su interés no estaba en glorificar el pasado, sino en comprender el mecanismo político que lo atravesaba. Granada importa no por la épica, sino porque revela cómo toda comunidad política se constituye delimitando fronteras, estableciendo inclusiones y exclusiones, definiendo quién pertenece y quién queda fuera.

En este punto emerge el aspecto más incómodo —y más actual— de la reflexión schmittiana. La unidad política se construye mediante la exclusión. La expulsión de judíos y musulmanes, interpretada en su marco teórico, no es un accidente moral ni una anomalía histórica, sino parte del proceso por el cual un poder soberano afirma su identidad. Ello no implica justificarlo, sino reconocer que la política, entendida en su sentido más crudo, nunca es neutral ni puramente integradora.

Cinco siglos después, la toma de Granada sigue interpelándonos porque plantea una pregunta que no ha perdido vigencia: ¿puede existir un “nosotros” político sin un límite claro, sin una decisión que lo constituya? La lección que se desprende de Schmitt no es una invitación a repetir el pasado, sino una advertencia sobre la naturaleza del poder y de la soberanía. Toda comunidad que pretenda ignorar el momento decisional que la funda corre el riesgo de disolverse en abstracciones.

Granada, vista así, no es solo memoria histórica. Es un espejo complejo en el que se refleja la tensión permanente entre unidad y pluralidad, entre decisión y consenso. Y quizá por eso sigue siendo un punto de referencia ineludible para pensar la política, incluso —o especialmente— en nuestro tiempo.

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