
EAC. Hay ciudades que parecen vivir permanentemente al borde del abismo. Lugares donde la falta de médicos convierte cada dolencia en una carrera de obstáculos, donde los servicios públicos agonizan y donde los más vulnerables cargan con el peso de un sistema roto. Allí donde el emprendimiento se seca, los autónomos cierran, el paro se cronifica y los jóvenes pierden toda esperanza de labrarse un futuro. Allí donde la presión migratoria desborda cualquier capacidad de acogida y la vivienda es un lujo que cada vez menos pueden permitirse. Allí donde hasta la luz falla, símbolo de una decadencia que penetra en lo más cotidiano. Y ese es el caso de Ceuta.
En ese escenario de crisis múltiple, cabría esperar que la indignación y el compromiso ciudadano se tradujeran en una exigencia firme de soluciones. Pero, como tantas veces en la historia, el “pan y circo” de nuestro tiempo obra el milagro de la anestesia colectiva. Un balón rueda y las colas se forman. Cientos de personas se entregan a la ilusión de una camiseta, como si en ese trozo de tela se pudiera bordar el porvenir que se les niega en hospitales, oficinas de empleo o viviendas sociales.
El fútbol, que podría ser un bálsamo legítimo en medio de la dureza, se convierte en hipnosis cuando desplaza todo lo demás. Cuando el debate público se apaga frente al griterío de las gradas. Cuando una sociedad en crisis destina sus pocos recursos a un símbolo tan efímero como un uniforme deportivo, mientras la realidad le exige soluciones urgentes y estructurales.
La paradoja es brutal: mientras los cimientos se resquebrajan, el espectáculo deportivo logra cohesionar a una población fragmentada, aunque solo sea por noventa minutos. Una victoria maquilla la derrota social. La camiseta sustituye a la bandera de la dignidad colectiva. Y lo que debería ser un entretenimiento se convierte en la coartada perfecta para la inacción.
La historia enseña que ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de ilusiones. Las camisetas se desgastan, las victorias se olvidan, las derrotas deportivas llegan. Lo que queda, siempre, es la realidad. Y en esa realidad, una ciudad que se hunde en el desempleo, en la precariedad, en el colapso sanitario y en la desesperanza no puede permitirse seguir creyendo que un balón basta para tapar los agujeros de su naufragio.
El futuro no se viste de blanco, negro, azul ni de ningún otro color. El futuro exige políticas, soluciones y una ciudadanía consciente. Lo contrario es aceptar la descomposición como destino y el circo como refugio.