
EAC. Aquel nueve de agosto de 1921, en aquella llanura ardiente, rodeados por miles de enemigos y sin un sorbo de agua ni una bala de sobra, unos miles de soldados españoles aguantaron lo imposible. El aire olía a pólvora, sangre y desesperación. Cada hora era un acto de heroísmo silencioso. Resistieron porque así lo dicta el honor, aunque el hambre y la sed les devoraban antes que las balas.
Y entonces llegó la decisión fatal. El general Navarro, en un acto de ingenuidad incompresible, creyó en la palabra dada por una harka sin ley ni compasión y aceptó entregar las armas a cambio de salvar vidas. Fue un error que no admite excusa. Una vez desarmados, no hubo piedad: la tierra bebió la sangre de tres mil hombres que ya no podían defenderse.
En Igueriben, cuando todo estaba perdido, se ordenó la carga a la bayoneta. Allí se murió peleando, mirando al enemigo a los ojos. En Monte Arruit, se murió engañado, confiando en un honor que el adversario jamás tuvo.
La historia no olvida. El sacrificio de esos hombres merece gloria eterna; la ingenuidad que los condenó, el peso eterno de la culpa. Porque en la guerra, rendirse ante quien no respeta la vida es entregar el alma al verdugo.