
EAC. La historia contemporánea está plagada de ejemplos que muestran cómo una nación sólida, articulada alrededor de un sentimiento común de pertenencia, puede descomponerse en cuestión de generaciones si se erosiona su arquitectura cultural, simbólica y política. La experiencia francesa tras el colapso del modelo republicano-nacional posterior a mayo del 68 ilustra con claridad esta deriva: la sustitución de una identidad nacional fuerte por un modelo multicultural desarraigado ha conducido, progresivamente, a la fragmentación del espacio público, al debilitamiento del relato nacional y al surgimiento de tensiones internas que recuerdan cada vez más a realidades coloniales invertidas.
Durante décadas, Francia fue el paradigma de una nación orgullosa de su historia, sus símbolos y sus valores. Sin embargo, el abandono de su identidad fundacional a favor de una universalidad sin anclajes —promovida por élites intelectuales y políticas comprometidas con una visión globalista— ha tenido consecuencias devastadoras. El debilitamiento de la autoridad del Estado, la disolución del vínculo emocional entre ciudadanía y nación, y la importación masiva de poblaciones sin proceso real de integración ni asimilación han desencadenado una transformación profunda y, a menudo, violenta del tejido social.
Lo que se vivió en la Argelia francesa hace más de seis décadas parece reproducirse hoy en territorios españoles como Ceuta y Melilla. Allí, donde la españolidad ha sido indiscutible por siglos, está comenzando a observarse una transformación silenciosa pero inquietante: la aparición de una lógica de colonizadores y colonizados en pleno territorio nacional. Lo que fue una convivencia naturalizada entre ciudadanos que compartían patria, lengua y proyecto, se ha transformado en una convivencia cada vez más tensa entre grupos con identidades cada vez más diferenciadas y opuestas.
El riesgo es evidente: si en Argelia la desnaturalización se expresó en la ruptura total con la metrópoli y el posterior éxodo de quienes eran considerados “colonos”, en Ceuta y Melilla comienza a calar el relato —impulsado por intereses externos— de que estas ciudades no pertenecen verdaderamente a España, sino que representan vestigios coloniales en tierras que serían, por naturaleza, ajenas. Este relato es alimentado por un proceso demográfico que no ha sido abordado con responsabilidad ni visión de Estado: una población mayoritariamente de origen marroquí, sin un proceso claro de integración nacional, convive con una clase dirigente —administrativa, militar y funcionarial— de origen peninsular que representa, cada vez más, una burbuja institucional disociada del entorno inmediato.
Esta situación no es espontánea ni accidental. Es el resultado de décadas de omisión política, de políticas identitarias erráticas y de una falta alarmante de defensa del relato nacional. Así, como ocurrió en Argelia, donde Orán o Argel pasaron de ser núcleos vibrantes de una patria común a convertirse en territorios hostiles para una parte de sus propios ciudadanos, Ceuta y Melilla podrían estar iniciando ese mismo proceso: el de la sustitución no solo demográfica, sino simbólica, identitaria y afectiva.
No se trata de alarmismo, sino de análisis sereno y firme. Cuando los lazos naturales entre el individuo y su patria se rompen, cuando el sentimiento de pertenencia es sustituido por la lógica de la diferencia y el enfrentamiento, la nación se fragmenta. Y cuando esto ocurre, no hay cohesión, ni proyecto común, ni futuro compartido.
España debe mirar con atención la historia de Francia y su experiencia en Argelia. Debe entender que los procesos de desnaturalización nacional, una vez comenzados, son difíciles de revertir. Y que, si no se reafirma con claridad y convicción la españolidad cultural, social y política de cada rincón del país —especialmente aquellos más expuestos a tensiones geopolíticas—, se corre el riesgo de perder no solo territorios, sino el alma misma de la nación.