Editorial | El reto de proteger nuestro patrimonio histórico

EAC. Ceuta es una ciudad que respira historia. Sus murallas, fuertes, baluartes, torres y pasadizos no son solo vestigios del pasado: son testigos silenciosos de los siglos que han dado forma a nuestra identidad. Sin embargo, lo que debería ser una fuente de orgullo colectivo y una oportunidad cultural y económica, se está convirtiendo en motivo de preocupación y lamento: una parte considerable del patrimonio histórico de la ciudad se encuentra en estado de abandono, degradación o con un futuro incierto.

Cada piedra que se deteriora sin intervención es una parte de nuestra memoria que desaparece. No basta con reconocer la riqueza monumental de Ceuta en discursos o documentos institucionales. La historia no se protege con promesas ni con titulares. Hace falta acción, inversión sostenida y, sobre todo, compromiso real con el legado que nos define.

Hemos asistido, en más de una ocasión, al anuncio de planes para proteger y rehabilitar elementos del patrimonio ceutí que nunca llegan a materializarse, caso del Almacén de Rampa de Abastos. O lo que es aún más frustrante: se inician proyectos de rehabilitación que, una vez terminados, no cuentan con un uso asignado, condenando al bien restaurado a una nueva etapa de abandono, caso de la Sirena de Punta Almina. El ejemplo es claro y doloroso: si un espacio monumental recuperado no se activa social, cultural o educativamente, inevitablemente vuelve a deteriorarse.

La conservación del patrimonio histórico no puede entenderse como una mera operación estética ni como un lavado de imagen institucional. Se trata de una responsabilidad profunda hacia la ciudad, hacia las generaciones futuras, y también hacia el turismo cultural, que encuentra en el pasado tangible de los territorios una razón poderosa para visitarlos. En este sentido, Ceuta tiene un potencial inigualable que solo podrá aprovecharse si se actúa con visión y rapidez.

Por tanto, es imprescindible que cualquier plan diseñado para recuperar el patrimonio de la ciudad sea ejecutado con celeridad, sin dilaciones burocráticas, sin excusas técnicas, y con la participación de expertos que garanticen que las intervenciones respetan el valor histórico de los inmuebles. Pero tan importante como restaurar es saber qué hacer después: cada edificio rehabilitado debe tener un uso definido y viable, que justifique su existencia y le dé vida más allá del hormigón y la piedra.

La historia no es un decorado; es parte del alma de una ciudad. Y en el caso de Ceuta, representa también un activo estratégico: cultural, educativo, identitario y turístico. Por ello, protegerla y ponerla en valor no es una opción, es una obligación.

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